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Rescatamos dos textos fundamentales del célebre autor de la Generación del 98 que diferencian al auténtico cazador del simple tirador. Una lección de contemplación, naturaleza y paciencia que mantiene una vigencia absoluta.
7 de octubre de 2026. Para comprender la densidad y el lirismo de las líneas que se analizan a continuación, es indispensable evocar la figura de su autor. José Martínez Ruiz (1873-1967), universalmente conocido bajo el seudónimo de Azorín, fue uno de los escritores, ensayistas y críticos literarios más influyentes de la literatura española, miembro fundamental de la icónica Generación del 98. Su estilo, caracterizado por una prosa clara, de oraciones cortas, detallismo minucioso y una sensibilidad única para retratar el paisaje, revolucionó la estética de su época.
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Sus célebres reflexiones sobre la actividad cinegética se estructuran en dos piezas fundamentales analizadas por el profesor Fernando Carratalá en la revista cultural Todoliteratura: “El cazador español”, publicado originalmente en el diario La Prensa de Buenos Aires entre 1941 y 1951, y “Cazadores”, redactado en Madrid en septiembre de 1953. Ambos textos profundizan en la distinción filosófica entre el tirador, que busca únicamente cobrar piezas, y el auténtico cazador, que convierte la actividad en un ejercicio estético y de comunión con la naturaleza.
La filosofía cinegética de Azorín: Del desprecio por la pieza al goce de la naturaleza
En el desarrollo de sus crónicas, Azorín despliega una argumentación profunda que desarma la visión utilitaria de la actividad al aire libre. Su tesis central se apoya en una frontera ética y estética infranqueable: la línea que separa al cazador del tirador. Para el autor, el tirador opera desde una alarmante insensibilidad; su único norte es la muerte del animal y el abultamiento del morral, sin reparar en episodios, destrezas o en el daño físico que el disparo provoca en el ejemplar.
La literatura y los cazadores, un cuento de Leonardo Killian.
El verdadero cazador, en cambio, practica lo que Azorín denomina una “artística reflexión”. Para este último, la expedición no es más que un noble pretexto para sumergir su sensibilidad en los accidentes del entorno: el susurro del viento, las quiebras del monte, las aguas manaderas y el aroma a tomillo o espliego que impregna las ropas. Hay en el cazador un desinterés casi poético por el resultado material: una vez cobrada la pieza, no la estima, rara vez la consume y prefiere regalarla, situando su satisfacción —como recordaba el pensador Blaise Pascal— en el modo y no en el logro.
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Finalmente, el autor ensalza la mística de la espera y la nobleza de las artes menores. Rechaza de plano las modalidades de aguardo o engaño por considerarlas viles, y prefiere la pureza de contemplar el raudo vuelo de una perdiz o los regates de una liebre que burla a los galgos. El cazador es, en esencia, un hombre que espera en el tollo, pero con una condición que lo vuelve un artista: le resulta profundamente indiferente si esa espera se cumple o no, porque el verdadero goce ya se ha consumado en su comunión con la naturaleza.
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