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Una reflexión del tiro deportivo. Pero también para la vida.
16 de diciembre de 2025. En la vida cotidiana estamos rodeados de dilemas: decisiones pequeñas que parecen triviales, decisiones grandes que parecen inmanejables y todas esas zonas intermedias donde no sabemos si estamos frente a un problema técnico o frente a una pregunta existencial.
En esa tensión aparece siempre una tentación: resolver lo ambiguo con un método, con una estructura, con una secuencia de pasos que alivie la incertidumbre. Pero —y aquí nace la pregunta central— ¿puede el método matar al dilema? ¿Puede la racionalidad eliminar la duda? ¿Puede la técnica reemplazar la conciencia?
Lo interesante es que este interrogante no es solo filosófico. Se vuelve profundamente práctico cuando uno lo lleva al terreno del deporte del tiro, donde cada jornada de competencia es, en sí misma, una pequeña colección de dilemas técnicos, emocionales y estratégicos. El tirador —como el ser humano— vive en el borde entre la decisión metódica y la duda vital.
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El dilema como condición humana
Un dilema no es simplemente la falta de información. No es un rompecabezas incompleto. Es la presencia simultánea de dos caminos posibles, ambos legítimos, ambos riesgosos, ambos con consecuencias. En la vida, los dilemas nacen de valores, miedos, intuiciones, afectos y responsabilidades.
El método como ilusión y como recurso
El método ordena, organiza, reduce y simplifica. Es poderoso. Nos permite analizar opciones, evaluar riesgos, medir consecuencias. Pero también puede convertir lo humano en un algoritmo.
Sin embargo, en el deporte del el tiro, el método es necesario. La técnica, la rutina, la secuencia de acciones repetidas una y otra vez nos permiten enfrentar el caos de la competencia.
Pero aun allí – especialmente en las modalidades con entornos cambiantes – aun en ese territorio donde la precisión y la lógica gobiernan, el dilema se resiste a morir.
El tiro deportivo como escenario de dilemas
Quien nunca vivió una competencia de tiro puede creer que es un deporte puramente técnico: alineación de miras, control respiratorio, presión en el disparador. Pero el tirador sabe que cada jornada de competencia está llena de decisiones que ningún manual puede resolver.

¿Qué munición uso hoy?
Cuando tienes la suerte de tener varias partidas de la misma munición, cada una con ligeras diferencias en su comportamiento, ¿cuál elegir?
Las pruebas previas sugieren una; la sensación personal, otra; la memoria emocional de resultados obtenidos en competencias pasadas, otra distinta.
El método puede decir: “usá la que mejor agrupa”. Pero el tirador sabe que no siempre gana la mejor agrupación: a veces gana la confianza, la sensación, la coherencia interna.
Aquí el método no mata el dilema: apenas lo delimita.
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¿Qué bandera sigo? ¿Derecha, izquierda o quieta?
Cada campo de tiro es un mapa en movimiento. Las banderas no son instrumentos: son mensajes.
Algunas reaccionan más rápido, otras más lento, elijo las de adelante o las de atrás? Algunas exageran el viento; otras lo disimulan, están secas o están húmedas y pesadas?
Elegir qué bandera leer —y cuáles ignorar— es una decisión que mezcla experiencia, intuición y un toque de coraje.
No existe un método universal para esto. Solo existe el dilema de la interpretación.
¿Disparar con viento, desplazo la puntería, corrigiendo miras… o esperar la condición elegida?
Este es quizás el dilema más clásico del tirador.
Disparar aunque haya viento significa aceptar una pelea técnica: corregir derivaciones, ajustar miras, convivir con la incertidumbre.
Esperar la condición ideal significa confiar en que esa condición volverá… y si el tiempo de competencia se agota?
El método puede proponer criterios técnicos y racionales.
Pero la competencia no responde a métodos: responde a momentos.
¿Seguir disparando o detenerse? El dilema del agotamiento invisible
Hay un dilema que aparece solo en los tiradores experimentados, esos que ya no compiten contra el blanco sino contra sí mismos. Es el dilema del agotamiento: cuando estoy tirando bien, pero empiezo a sentir cansancio, ¿qué hago?
Seguir disparando tiene una lógica seductora. “Estoy en ritmo.”, “Estoy aprovechando el momento.”, “Si paro ahora, puedo perder el estado.”
Pero el riesgo es evidente: cuando el agotamiento avanza, el error no avisa. No tiene la decencia de anunciar su llegada. Simplemente aparece, inesperado, injusto, rompiendo una serie impecable.
Detenerse, en cambio, parece la decisión racional.
Recuperarse, relajar hombros, brazos y espalda, reencontrar estabilidad.
Pero esa pausa tiene su propio costo emocional y técnico.
Porque aparece otro miedo:
¿y si al descansar pierdo justo la sensación que me estaba sosteniendo?
Esa sutil sintonía entre respiración, puntería y mente que a veces se alinea como un milagro.
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Y todavía hay otro temor, más imprevisible:
¿y si descanso… y cambia el viento?
¿Y si la condición perfecta se desvanece mientras saco el rifle del hombro y trato de recuperarme?
El tirador sabe que el clima no lo espera. Que la atmósfera cambia con la misma indiferencia con la que un reloj cambia de minuto.
Es un dilema brutal porque no se puede resolver solo con técnica.
El método dice: “si estás cansado, descansá”.
La competencia dice: “si estás tirando bien, seguí”.
El cuerpo dice una cosa.
La mente dice otra.
Y el blanco, como siempre, no dice nada: solo registra la consecuencia.
Este dilema revela algo fundamental sobre el tiro deportivo y sobre la vida: disparar bien no es solo una cuestión de habilidad, sino de sensibilidad para percibir cuándo insistir y cuándo detenerse. Y esa percepción no viene del método, sino del autoconocimiento.
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El tirador maduro entiende que tanto seguir como detenerse son, en el fondo, actos de fe.
Fe en su preparación, en su control interno, en su lectura del entorno… y en su capacidad para recuperar la condición mental que exige cada disparo.
No existe una respuesta universal.
Solo existe la conciencia de que este dilema es parte constitutiva del deporte: la certeza de que incluso las mejores series pueden romperse por insistir… y que incluso las mejores decisiones pueden perder su oportunidad por esperar.
El último disparo cuando estás ganando: asegurar o seguir fluyendo
En una final olímpica, donde cada décima puede cambiar la historia, aparece un dilema silencioso que muy pocos entrenadores enseñan y que casi ningún manual técnico describe: ¿qué hacer cuando ya estás ganando antes del último disparo?
Llegar a ese momento con ventaja es un privilegio, pero también una trampa psicológica. Cuando el tirador ve que el triunfo está al alcance de la mano, ya está sacando cuentas, deja de mirar el blanco y empieza a mirar el futuro. Y ahí emergen dos caminos, cada uno con su propia lógica interna, sus riesgos y sus demonios.
Opción A: asegurar el triunfo
Disparar a la “zona”, hacer un tiro “simple”, conservador, casi mecánico.
La lógica parece impecable: ¿para qué arriesgar si la medalla ya es tuya?
Pero asegurar puede generar su propia paradoja:
- Cambia la rutina del tirador.
- Introduce una intención distinta a la que lo llevó hasta allí.
- Activa la conciencia del resultado y, por tanto, la tensión.
- Puede convertir un tiro fácil en un tiro imposible.
Asegurar puede llevar a romper el flujo, porque el disparo ya no es un disparo: es un cálculo.
Opción B: mantener el mismo ritmo y nivel de exigencia
Seguir tirando exactamente como antes, con el mismo protocolo, el mismo tempo, la misma intención técnica.
Esta opción también tiene su fundamento:
- Mantiene la mente anclada en el proceso, no en el resultado.
- Evita la interferencia del “pensamiento de campeonato”.
- Reduce la posibilidad de que aparezca la rigidez muscular del miedo a fallar.
Pero también implica riesgos:
- Un error técnico inesperado puede borrar la ventaja.
- Requiere una enorme confianza y un control emocional excepcional.
La verdad incómoda
La mayoría de los tiradores no falla por elegir la opción equivocada…
Falla porque cambia lo que venía haciendo.
El problema no es asegurar.
El problema no es arriesgar.
El problema es romper la continuidad mental y técnica que permitió llegar a ese último disparo con ventaja.
El dilema no es técnico, es filosófico: ¿Quién decide el último disparo: tu rutina o tu miedo?
Tiros Federales, Historia Argentina. Una nota del libro del 80° Aniversario de AICACYP
¿Inseguridad o falta de preparación? El dilema que nunca se declara
Hay un dilema silencioso que acompaña al deportista en cada competencia: cuando aparece la duda, ¿estamos frente a inseguridad… o frente a falta de preparación?
Es una pregunta íntima, casi incómoda.
La inseguridad se siente como un fallo interno: una fisura emocional.
La falta de preparación, como un fallo externo: un error del proceso previo, entrenamientos escasos y de mala calidad.
Lo curioso es que, en el instante crítico de la competencia, se parecen demasiado.
Un temblor leve, el ritmo cardiaco en ascenso, un pensamiento negativo fugaz, una bandera que cambia de dirección justo… ¿es miedo o es información insuficiente?
La diferencia importa.
La inseguridad se trabaja desde adentro.
La preparación, desde afuera.
Y sin embargo, el tirador experimentado aprende que la frontera entre ambas no es nítida.
A veces uno está bien preparado pero se siente inseguro.
A veces uno se siente seguro… y no está verdaderamente preparado.
Mirá también: Porqué el tiro es un deporte olímpico.
Este dilema no se resuelve eliminándolo. Se resuelve mirándolo de frente: con honestidad, con autoconciencia, con la capacidad de reconocer qué parte de la duda viene del alma y cuál del entrenamiento.
En este punto, el método no mata al dilema: lo ilumina.
Pero la duda sigue allí, recordando que el deportista no es solo un ejecutor de técnica, sino un ser humano enfrentado a su propia verdad.
La convivencia entre método y dilema
La conclusión es clara:el método no está para matar el dilema, sino para acompañarlo.
- El método aporta claridad, estructura y previsibilidad.
- El dilema aporta humanidad, sensibilidad e intuición.
La maestría aparece cuando ambos conviven. Cuando el deportista entiende que el método sostiene, pero no reemplaza. Que el dilema incomoda, pero afina.
En esa convivencia —entre lo racional y lo incierto, entre lo medible y lo humano— se esconde el verdadero acto deportivo.
Un deporte que ocurre en silencio
Todos estos dilemas —seguir o parar, ajustar o resistir, asegurar o fluir— hablan de un deporte donde la verdadera tensión no está en los decimales del blanco, sino en los decimales internos del tirador: su estabilidad emocional, su gestión del miedo, su relación con el error.
En una época donde todo debe mostrarse, donde la identidad parece construirse más en la pantalla que en la vida, el tirador se convierte en un recordatorio de que todavía existen actividades en las que el mundo exterior no puede intervenir.
Porque la precisión ocurre en un lugar que no se puede fotografiar: un espacio silencioso entre una inhalación y una caída natural del disparador.
En un mundo que exige visibilidad, el tiro sigue siendo un acto de invisibilidad interna.
(*) Rosendo Velarte: Olímpico en Atlanta 1996 y Atenas 2004, Campeón Argentino, Sudamericano y Panamericano. Presidente Tiro Federal La Rioja. Vice Presidente Federación Argentina de Tiro
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