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“Nadie compra una raqueta creyendo que ya está jugando al tenis. En el tiro sucede algo distinto. Ya tengo un arma. Ya está.”
9 de junio de 2026. Una reflexión sobre el rol de los clubes de tiro como núcleo de la cultura de seguridad, formación y responsabilidad en la tenencia de armas, y su valor institucional como base del desarrollo deportivo.
No escribo para convencer
- Escribo para dejar testimonio.
- Digo de dónde vengo, qué veo, qué duele, qué falta y qué podría ser. Hablo desde un lugar concreto.
- Soy legítimo usuario de armas desde 1994, tirador y deportista.
- Fui dos veces atleta olímpico. Gané cientos de medallas internacionales.
- Soy instructor de tiro ITA.
- He escrito numerosos artículos en revistas especializadas y autor de una decena de libros sobre tiro deportivo de precisión.
- Soy socio de clubes de tiro de manera ininterrumpida desde los 12 años, cuando mi padre me llevó por primera vez a tirar, en 1983. Y desde hace algunos años presido una institución con 125 años de vida, que supera los mil socios y se financia a sí misma.
Entonces, no hablo desde la consigna ni desde la tribuna. Hablo desde la casa.
Los usuarios sin club
En la Argentina hay cerca de 320000 personas con Credencial de Legítimo Usuario vigente registrada ante el organismo de control estatal. Si hacemos estimaciones exageradas y suponemos que hay doscientos clubes de tiro habilitados con al menos 500 socios activos cada uno, hablamos de cien mil personas vinculadas a instituciones.
Entonces surgen interrogantes sobre los otros miles de legítimos usuarios. ¿Dónde entrenan? o ¿Dónde se instruyen?. Pero también ¿Dónde prueban su arma?, ¿Dónde se equivocan sin peligro? y ¿Dónde adquieren cultura de seguridad?.
La mayoría no es socia de ningún club. Tiene el arma. La guarda. La mira. Tal vez la compró para defensa personal. Pero incluso en ese caso, ¿no debería entrenar?
Un arma sin práctica no es defensa: es ilusión. Un arma sin ámbito es un objeto sin contexto.
Tiros Federales, Historia Argentina. Una nota del libro del 80° Aniversario de AICACYP
El club como ecosistema
El club de tiro es el lugar donde el arma entra en una cultura de uso seguro.
Pertenecer a un club no es un lujo deportivo. No es un servicio accesorio, es el ecosistema que vuelve posible la tenencia responsable. Pero también es escuela, es filtro, es límite, es comunidad y fundamentalmente es el lugar donde se aprende a respetar el arma antes que a empuñarla.
Sin clubes vivos no hay cultura sostenida. Muchas asociaciones de legítimos usuarios concentran su energía en la reivindicación de derechos y regulaciones. Esa tarea es válida. Pero la cultura no se sostiene solamente con representación. Necesita territorio, infraestructura, mantenimiento diario y personas que abran las puertas, cuiden y enseñen.
Un club existe en la tierra. Respira. Envejece y se deteriora si no se lo sostiene.
Lo que otros deportes entienden
Nadie compra una raqueta creyendo que ya está jugando al tenis. Todos saben que necesitan cancha, club e instructor. Y saben que eso se paga. Con el golf ocurre lo mismo. Nadie compra unos palos y cree que ya es golfista.
En el tiro sucede algo distinto. Se compra el arma y la munición. Se obtiene la credencial y la tenencia. Y el circuito parece completo. “Ya tengo un arma. Ya está.” Pero falta lo esencial que no siempre se percibe como falta.
El arma, a diferencia de la raqueta, promete autosuficiencia. Promete control individual. El club rompe esa fantasía. Introduce reglas, miradas, tiempos y responsabilidad compartida.
Pertenencia y responsabilidad
Muchos se acercan al club solo cuando lo necesitan. Pagan un derecho de tiro. Usan instalaciones que otros sostienen durante todo el año. Y se van. No habitan la casa. La consumen.
Me animo a proponer —y vale discutirlo seriamente— que la pertenencia a un club de tiro debería formar parte del estándar de requisitos para tramitar la credencial de legítimo usuario.
No solo como trámite. Como pertenencia real. Porque quien usa un arma debería integrar una comunidad que enseñe, observe, contenga y también ponga límites. El club no es un formulario. Es una escuela ética. Es el lugar donde se aprende que la seguridad no es una técnica sino una actitud.
Donde se aprende prudencia antes que confianza. Responsabilidad antes que derecho. Respeto antes que destreza. Tener un arma no puede ser solamente una condición administrativa. Debe ser una relación viva con una institución que recuerde, de manera periódica, que no se trata de un objeto neutro sino de una responsabilidad.
Mirá también: El tiro deportivo, deporte del carácter
Potencial deportivo real
Si cada legítimo usuario fuera parte activa de un club, el tiro podría convertirse en uno de los movimientos deportivos más grandes del país.
Con una base institucional amplia que incluya a todos, podríamos:
- Financiar atletas amateur con recursos propios
- Sostener escuelas y entrenadores
- Proveer de mejor equipamiento
- Proyectar tiradores al alto rendimiento
- Mantener y construir infraestructura de más calidad
- Construir un sistema deportivo autónomo con recursos propios
Y además cambiaría la imagen social del arma. Dejaría de asociarse únicamente al miedo o a la defensa individual. Se vincularía también con disciplina, formación y deporte. Dejaría de ser un gesto aislado. Pasaría a ser una práctica cultural extendida.
Representación y territorio
Hoy también aparecen modelos de representación sin infraestructura visible. Organizaciones sin campos de tiro, sin escuelas y sin presencia territorial verificable.
No se trata de juzgar intenciones. Se trata de entender modelos. La cultura del tiro no puede sostenerse solamente en lo declarativo.
Puede existir representación digital. Pueden existir grupos en redes sociales y foros de debate. Puede existir representación institucional o política. Pero la formación ocurre en un polígono. Con instructores, reglas y práctica supervisada.

La voz sin casa es frágil. La institución con territorio es la que forma.
El rol del Estado
El organismo estatal de control mantiene diálogo con asociaciones de usuarios, y eso es valioso. Pero los clubes deberían ocupar un lugar más central en el diseño de las políticas públicas. Porque es allí donde sucede lo esencial.
En los clubes ocurren las primeras prácticas. La formación en seguridad, las evaluaciones de idoneidad, el contacto inicial con la cultura del arma, el uso supervisado y las reglas concretas.
El club no es un eslabón periférico. Es la puerta de entrada.
Durante 2025 recibimos la visita de autoridades del RENAR en nuestras instalaciones. Fue un encuentro profundo y productivo. Se habló del rol de las escuelas de tiro y del aire comprimido como puerta de entrada formativa. Primero la seguridad. Luego la potencia. Primero los fundamentos. Luego el rendimiento.
Ese tipo de acercamiento es una señal. Ojalá sea una política sostenida.
Sin casa no hay cultura
La tenencia responsable no se construye solo en un formulario. Se construye en un polígono. Con instructores. Con otros y con tiempo.
Sin clubes vivos, la responsabilidad se vuelve una abstracción administrativa: “yo, mi arma y nadie más”.
Eso no es libertad madura. Es soledad armada.
Si de verdad buscamos cultura responsable, el centro no puede ser únicamente el permiso. Tiene que ser la casa donde se aprende a usarlo. Porque las credenciales habilitan. Las instituciones forman.
El arma puede comprarse en un día. La cultura de su uso lleva años.
Y para los civiles, esa cultura se obtiene en un solo lugar: el club.
Porque no hay comunidad armada sin cultura. Y no hay cultura sin instituciones fuertes y vivas.
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Pablo Leandro Martín
Coincido plenamente
Agustin
Me parece bastante desacertada la nota, pareciera que esta en ascenso este tipo de pensamientos típicos de los tiradores pro del gran buenos aires, donde en un radio de 50 km a la redonda tiene mas de 10 armerias para elegir y hasta me animaría decir que tienen mas de 5 polígonos o campos de tiros, obviamente son muchos mas, se olvidan que la Argentina campo adentro es un mundo completamente distinto, no recuerdan que a lo mejor una persona tiene que hacer mas de 100 km para llegar al polígono mas cercano, se olvidan que a hay provincias en las cuales hay 2 o 3 armerias en toda la provincia, en mi caso particular tengo que hacer casi 200 km y cruzar a una provincia vecina para poder comprar las armas y las municiones, hay personas que a lo mejor quieren comprar una carabina o una escopeta para mantener a raya las alimañas y proteger su rebaño de ovejas y cabras, ni les interesa utilizarla para defensa, mucho menos para competir contra otros legítimos usuarios en un torneo de copas, a los cuales dejaría mal parados por cierto. Parece que quisieran que los legítimos usuarios sean profesionales del tiro deportivo con la indumentaria característica de cada entidad de tiro, cuando la realidad deberia ser distinta para cada persona, ámbito, lugar y tradición.
Meter al Estado en los campos de tiro? Creo que sería la peor propuesta que he escuchado en lo que va del año, en cada ámbito en los que metió la pata el Estado no se mejoró en absoluto, si queremos que el tiro vuelva a ser protagonico es necesario pensarlo a través de su lema, aquí se aprende a defender a la patria.
Rosendo Velarte
Gracias por tomarte el tiempo de leer la nota y compartir tu opinión.
Hay algo que quizás no surge claramente del texto: yo también soy hombre del interior. No escribo desde la realidad del Gran Buenos Aires ni desde una zona donde la infraestructura vinculada al tiro abunde. Los que vivimos en el interior sabemos perfectamente lo que significa recorrer cientos de kilómetros para acceder a servicios, realizar trámites o participar de actividades que en otros lugares están mucho más cerca.
Por eso comprendo perfectamente el planteo sobre las distancias, la escasez de armerías y la falta de polígonos en muchas regiones del país. Sin embargo, creo que allí está justamente el punto central de mi reflexión.
Si un legítimo usuario debe recorrer 100 o 200 kilómetros para llegar a un polígono, el problema no es que los clubes de tiro sean innecesarios. El problema es que hay muy pocos.
Mi mirada, naturalmente, está influida por mi condición de deportista. Es desde allí que observo buena parte de esta realidad. Pero eso no significa desconocer otras circunstancias. El productor rural que necesita proteger su ganado, el cazador, el coleccionista, el usuario orientado a la defensa o el tirador deportivo tienen motivaciones distintas y todas son legítimas.
Lo que sostengo es algo más simple: cualquiera sea el motivo por el que una persona posee un arma, siempre es mejor que tenga acceso a formación, práctica segura y una institución capaz de transmitir una cultura de responsabilidad.
Los deportistas de tiro conocemos especialmente el problema de las distancias. Miles de tiradores amateurs recorren cada año cientos o miles de kilómetros para participar en competencias, afrontando costos y esfuerzos personales significativos. Lo hacen porque entienden que el crecimiento de una disciplina requiere infraestructura, instituciones y comunidad.
Desde la óptica deportiva hay además un dato que considero importante. Históricamente, una gran parte de los integrantes de los planteles nacionales de tiro han surgido del interior del país. Eso demuestra que el talento existe y está distribuido a lo largo de toda la Argentina.
La pregunta es cuántos tiradores con condiciones similares nunca llegan a desarrollarse porque no tienen un club cercano, una escuela de tiro, un entrenador o una infraestructura mínima que les permita progresar.
Si con las limitaciones actuales el interior sigue aportando buena parte de nuestros mejores deportistas, es razonable pensar que existe un enorme potencial desaprovechado. Fortalecer los clubes no es solamente una cuestión de seguridad y formación; también es una inversión en el desarrollo deportivo de largo plazo.
Respecto del Estado, creo que hay una interpretación de mi nota que no refleja lo que intenté plantear. En ningún momento propongo que el Estado administre, financie o intervenga en los clubes de tiro. Muy por el contrario. Hablo desde la experiencia de presidir una institución sin fines de lucro, con más de un siglo de historia, que se sostiene principalmente gracias al compromiso de sus socios y sin financiamiento estatal.
Cuando planteo que los clubes deberían ocupar un lugar más central en determinadas políticas públicas, me refiero a que se reconozca el papel que ya cumplen en la formación, la capacitación, la seguridad y la construcción de una cultura responsable de las armas. No a que pierdan su independencia ni a que dependan del Estado para existir.
En definitiva, creo que coincidimos en algo más de lo que parece. Ambos vemos que existen enormes diferencias entre las realidades del país profundo y las de los grandes centros urbanos. La diferencia quizás está en la conclusión.
Para mí, esa realidad no demuestra que los clubes sean menos importantes.
Demuestra que necesitamos más clubes, más escuelas de tiro y más infraestructura en todo el país.
No pretendo que todos sean deportistas.
Pretendo que todos tengan acceso a formación.
JER1
Voy a sumarme con el escrito de Agustín; soy cuarta generación de usuarios de armas, y el primero formado en un Tiro Federal. Desde mi familia a fines del siglo 19 (alguna vivió el malón grande) usaron armas como quien usa un electro doméstico, con responsabilidad y sabiduría, las compraron, aprendieron del “que sabía” y las usaron. Desde el siglo 19 hasta pasado el medio siglo 20 no hubo una “crisis con las armas” en la población. Los tiros federales existen desde hace mas de 120 años, pero nunca fueron usados mas que por deportistas y no muchos cazadores, hasta hace 50 años. Las inexistentes crisis de armas fueron generadas por los políticos de toda especie. La crisis de seguridad actual, las pasadas y venideras no tienen nada que ver con el ciudadano normal. Pero si son reales y es responsabilidad del Estado resolverlas, y como dije antes, yo no tengo que ver en ese tema ni la gran mayoría de la población. Todo el escrito de la nota viene a resolver un problema que no tenemos ni nunca tuvimos. Suena a un “gremio” llevando agua para su molino…la pertenencia a un club de tiro debería formar parte del estándar de requisitos para tramitar la credencial de legítimo usuario… Esto es inaceptable y el devenir de estas ideas elitistas cercanas a teorías de campus universitario serán siempre para mal. Como si fuera poco, ya sabemos que hoy para tener un arma y usarla para defensa pretenden que tengamos ojo de águila, oído de murciélago, un trabajo registrado, y el temple y habilidad de un Ranger tejano.
¡Puro desarme! las armas solo para una elite selecta, los demás a su suerte.
Rosendo Velarte
Gracias por tu comentario.
Creo que la diferencia entre nuestras posiciones nace de un punto de partida distinto.
Vos entendés que no hay necesidad de fortalecer el papel de los clubes de tiro. Yo, en cambio, sí veo debilidad institucional.
No hablo de delincuencia ni de restricciones al ciudadano honesto. Hablo de otra cosa: de la pérdida progresiva de espacios donde se transmite la cultura del uso responsable de las armas.
Mi propuesta no nace de una mirada desconfiada hacia el legítimo usuario. Todo lo contrario. Parte del reconocimiento de que la enorme mayoría de los usuarios son personas responsables. Pero también creo que la responsabilidad individual se fortalece cuando existe una comunidad, una institución y una cultura que la acompaña.
Cuando escribí que “la pertenencia a un club debería formar parte del estándar de la tenencia responsable”, no estaba pensando en crear una barrera más ni en convertir al club en un filtro elitista. Lo planteé como una reflexión sobre cuál debería ser el modelo ideal para construir una cultura armamentística sólida.
De hecho, si algo intento defender en toda la nota es exactamente lo contrario del desarme. Creo que una sociedad con clubes fuertes, escuelas de tiro activas, instructores, deportistas y usuarios vinculados a instituciones tiene muchas más posibilidades de sostener, a largo plazo, una cultura legítima y responsable de las armas que una sociedad donde cada usuario permanece aislado.
Mi preocupación no es que haya demasiados legítimos usuarios. Mi preocupación es que haya demasiados legítimos usuarios sin acceso a una comunidad que los forme, los acompañe y mantenga viva esa cultura.
También percibo que algunos interpretan que fortalecer los clubes implicaría convertir al tiro en una actividad reservada para una élite. Mi experiencia me dice exactamente lo contrario.
Hace más de cuarenta años que practico este deporte y puedo afirmar que el tiro es una de las actividades más heterogéneas y transversales que conozco. Conviven productores rurales, empresarios, empleados públicos, policías, militares, comerciantes, profesionales, jubilados, estudiantes y jóvenes de origen muy humilde. Personas de muy distintas realidades económicas que encuentran en el club un espacio común.
En la institución que hoy me toca presidir, por ejemplo, otorgamos becas a socios que atraviesan dificultades económicas, pero que demuestran compromiso con el deporte y con la vida institucional. Porque creemos que el talento y la vocación nunca deberían depender de la capacidad económica de una persona.
Por eso sostengo que los clubes no generan elitismo; lo combaten. Igualan oportunidades.
Un joven que no puede comprar un arma de alta gama puede entrenar con armas del club, recibir instrucción, compartir conocimientos con otros tiradores y competir. Sin esa estructura institucional, el desarrollo depende mucho más del bolsillo de cada uno.
Paradójicamente, una comunidad con menos clubes no es una comunidad más libre ni más inclusiva. Es una comunidad donde el acceso a la formación, al deporte y al desarrollo personal queda mucho más condicionado por los recursos económicos individuales.
Hay además un aspecto que muchas veces pasamos por alto. Los clubes no solo forman legítimos usuarios; también construyen la imagen pública de nuestra actividad.
Una escuela de tiro con niños aprendiendo normas de seguridad, un deportista entrenando para una competencia, una familia compartiendo una jornada en un club o un atleta representando a la Argentina en una olimpiada muestran una dimensión distinta del arma: la del deporte, la disciplina, la educación, el encuentro y la responsabilidad.
Esa presencia institucional ayuda a equilibrar una percepción social que hoy suele asociar el arma casi exclusivamente con la violencia, el delito o el conflicto.
Los clubes no cambian la naturaleza del arma. Cambian el contexto cultural en el que la sociedad la observa.
Por todo esto sigo creyendo que fortalecer los clubes no significa restringir derechos. Significa fortalecer la cultura del tiro, ampliar oportunidades, preservar un patrimonio institucional que durante más de un siglo y medio desde la fundación del Tiro Federal San José en Entre Ríos en 1859 formó generaciones de legítimos usuarios y deportistas, y proyectar esa cultura hacia el futuro.
Si ese objetivo puede alcanzarse por caminos mejores que el que yo imaginé, bienvenido sea el debate.
La intención de mi nota nunca fue restringir derechos, sino abrir una discusión sobre cómo fortalecer la cultura del tiro en la Argentina.