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En un mundo con GPS y aplicaciones, algunos londinenses aún quieren conducir un tradicional taxi negro. Pero, primero, deben memorizar miles de calles. El premio: ganar entre 50 mil y 100 mil libras al año como taxista.
Por Isabella Kwai – The New York Times
28 de noviembre de 2025. Era un viernes soleado, y Besart Bilalli observaba el camino por el parabrisas mientras contemplaba su siguiente vuelta con detenimiento. Avanzábamos lentamente por una calle concurrida de Londres, en el lujoso barrio de Knightsbridge, mientras conductores y ciclistas pasaban a toda velocidad con sus celulares en el tablero o los manubrios.
El teléfono de Bilalli estaba junto a él, con el GPS apagado. En esta ciudad, orientarse por las calles sin ayuda de la tecnología es esencial para convertirse en taxista. Para Bilalli, es la clave del futuro de su familia.
Nos llevaba del restaurante de carnes Nusr-Et al restaurante italiano La Famiglia, en la calle Langton, evitando las vías principales, confiando solo en su conocimiento del vecindario.
En el asiento trasero, ingresé discretamente el destino en mi teléfono y vi que estábamos a unos tres kilómetros. Bilalli miraba los letreros, murmurando nombres de calles en voz baja. Quince minutos después, sin haber encontrado un solo semáforo, nos detuvimos frente a La Famiglia. Exhaló.
Era la primera vez que conducía por esa ruta, y ahora se sentía seguro de que se había quedado grabada en su memoria.
Bilalli, un aspirante a conductor del tradicional taxi negro londinense, practicaba para una prueba conocida como Knowledge —“conocimiento” en español—, el agotador examen para el que, básicamente, es necesario memorizar más de 260 kilómetros cuadrados de calles de la ciudad. En las etapas finales, a algunos se les pide que describan una ruta que evite determinadas calles, así que se preparan para ello. Cientos de personas siguen aplicando cada año, y el proceso de evaluación, que es notoriamente difícil, puede demorar tres años, si no es que más.
Bilalli, de 39 años, tenía razones de peso para hacer el examen. Tras una década de conducir para Uber, Bilalli se sentía frustrado por su dependencia de la aplicación y por las comisiones de Uber, que consideraba excesivas. Tenía tres hijos y le preocupaba que el dinero que ganaba no fuera suficiente para complementar los ingresos de su esposa como asistente de maestra. Creía que le podía ir mejor como conductor independiente de taxi negro.

Foto: Sam Bush para The New York Times
“Ha llegado el momento de seguir adelante, de pasar a algo mejor”, dijo Bilalli en una entrevista. Era mayo, dos años después de haber iniciado su misión. Mantenía un estricto horario: estudiaba de día, conducía para Uber de noche y dedicaba el valioso tiempo que le quedaba a sus hijos.
Estaba decidido, dijo, a encaminarse hacia un futuro nuevo y más estable para él y su familia.
Un juego de serpientes y escaleras
La primera vez que intentó aprobar el Knowledge, Bilalli se dio por vencido. Sus hijos eran pequeños y a él lo estresaban las finanzas familiares mientras intentaba estudiar. Recurrió a Uber para ganarse la vida, en donde trabajaba largas horas en las calles londinenses.

Después de una década, su esposa, Dafina, lo animó a intentarlo de nuevo. Sus hijos —Gerti, de 15 años, Morena, de 11, e Irisa, de 7— ya eran más independientes. Los Bilalli acordaron apretarse el cinturón por un tiempo, siempre y cuando alcanzaran a cubrir sus gastos.
Bilalli se inscribió a clases en una escuela que enseñaba el Knowledge y colgó un mapa de las calles de Londres en su casa. De lejos, es una maraña de color amarillo con lo que parece una serpiente azul que representa el río Támesis; de cerca se convierte en nombres de calles, parques y más. Un abrumador conjunto de datos que trazan una gran metrópolis.
“Es como un rompecabezas”, dijo Bilalli, delineando calles con un rotulador negro en una mano. “Tenemos que trazar una línea lo más recta posible”. Estábamos en la escuela Knowledge Point, en el oeste de Londres, donde pasa hasta ocho horas al día respondiendo preguntas de práctica en un iPad. Llevaba un atuendo favorito de los padres en todas partes: jeans, zapatos deportivos y un chaleco acolchado.
Su forma de hablar era educada y franca. Podía imaginarlo como conductor, sentado tranquilamente en medio del tráfico, en paz, conversando con sus pasajeros o dejando que los silencios se prolonguen. Cuando podía, aún conducía a medio tiempo para Uber.
“Incluso cuando tengo pasajeros de Uber, no uso el mapa”, dijo. “Fue ahí cuando me di cuenta de que, claro que sí, yo podría estar haciendo esto”.
Más de 150 años después de haber sido creado para formar a cocheros de carruajes tirados por caballos, el Knowledge sigue cubriendo aproximadamente la misma área: un radio de alrededor de 10 kilómetros de la ciudad con su centro en Charing Cross, que incluye unas 25.000 calles y 6000 puntos de interés.
Los aspirantes a conductores primero deben aprobar un examen de opción múltiple sobre esos puntos de interés y 320 rutas establecidas. Estudiar para esto puede consumir dos años. Solo entonces llegan los aspirantes a la que podría ser la parte más difícil: una serie de exámenes orales en la oficina de la autoridad de transporte de Londres en las que deben decir la ruta más corta entre dos puntos. Algunos estudiantes tardan tres años o más en completar el proceso.
Los candidatos aprobados reciben una placa ovalada con su número de taxista y la posibilidad de recoger pasajeros. Los ingresos de los conductores varían: en Londres, algunos han reportado al sitio de búsqueda de empleo Indeed que ganan unas 50.000 libras esterlinas al año, mientras que otros dicen que es posible llegar a un monto de seis cifras.
Pero el proceso de evaluación puede sentirse como un juego de serpientes y escaleras de la vida real. Fallar demasiadas sesiones significa repetir toda la etapa, un horror conocido como redlining que puede retrasar a los estudiantes meses. Todo el proceso puede costar más de 1000 libras, pero para muchos estudiantes la mayor carga económica es el tiempo de estudio que podrían dedicar a ganar dinero haciendo otras cosas.
Hay preocupaciones de que este calvario, junto con otras perturbaciones, represente una amenaza existencial para el sector del taxi londinense. Hace diez años había más de 21.000 conductores de taxis negros en la ciudad, según Transport for London, la autoridad de transporte de Londres. Hoy, la cifra ronda los 15.000. En el mismo periodo, el número de personas que conducen para Uber, Bolt y otros servicios —todos estrechamente ligados a sus aplicaciones de GPS— ha pasado de unos 78.500 a alrededor de 106.000.
Durante el confinamiento de la covid, el número de nuevos estudiantes descendió a menos de 200 al año. Pero ahora está aumentando de nuevo: este año, más de 600 personas han aplicado para tomar el Knowledge, y aproximadamente el doble estaban en proceso en septiembre, según la autoridad de transporte.
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