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Relato de mi última salida del año con una anécdota final que te va a sorprender.
5 de agosto de 2026. Como cada año, a modo de ritual, mi amigo Pablito Miribuk me llama para despedir juntos la temporada de caza. Él vive en Dolores, no tan lejos de Buenos Aires, lo que permite de haga el viaje de ida y vuelta en el día.
Con muchos años de caza y varios más de vida, hemos aprendido todo lo que conlleva la caza, que es mucho más que salir a matar animales. Es una experiencia de vida. Aunque nunca está de más decir o repetir, que el hombre es los que es al día de hoy gracias a la caza.
Su proteína ayudo a desarrollar el cerebro, las dificultades de éxito forjaron las sociedades y muchas cosas más. Hoy hay cosas que no son necesarias. Uno puede conseguir la proteína a cambio de dinero en la carnicería. Pero hay cosas que aun forman parte de ese ritual, la amistad o el compañerismo entre personas, la solidaridad, las reuniones y las bromas.
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Hace varios años que en temporada visito el campo de una amigo a menos de 100 kilómetros de mi casa. Lo curioso es que en general voy cada miércoles luego de desayunar con mi esposa. Llego cerca de las 9 de la mañana, suelto mi perrita y salimos un rato. Luego de cazar la segunda perdiz, cargo todo en el auto y vuelvo a almorzar a casa junto a mi esposa.
Recuerdo una vez que Eduardo, el dueño del campo me pregunto que sentido tenia viajar esa distancia para cazar solo dos perdices, a lo que respondí que no iba cazar, que en realidad iba a hacer terapia, le quite una sonrisa y lo entendió.
La última salida
En esta salida Pablito coordino conmigo el llevar asado, bebidas, pan y algunos detalles más, hora de encuentro 9 de la mañana, tres mates y salida al campo. Veinte minutos más de caminos de tierra. Nos estaban esperando por lo que cumplimos con los rituales de cortesía. Calzamos las botas y salimos con las dos cachorronas de Drahthaar que curiosamente se comportaron como hermanas desde el principio, haciendo todo el tiempo muestras una y apatronando la otra como si hubieran trabajado juntas siempre. Fue una gran sorpresa para nosotros y que nos llenó de alegría.
Como las perras siguieron trabajando juntas, decidimos también ir juntos e ir alternando los disparos. Fuimos buscando el recorrido, atentos al sentido del viento y nos dió muy buenos resultados. En el total logramos ocho perdices y tres fallos, lo que hace un promedio aceptable. Llegando al monte donde dejamos la camioneta, repentinamente se nos levantan dos liebres de un mismo sitio corriendo para rumbos opuestos. Ambos disparamos tan sincronizados que solo escuchamos un disparo, pero cargamos las dos orejudas.
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Ya en la casa repartimos trabajos, yo limpiaba las presas y Pablo haría el asado. Mientras ocurría esto, mi mente viajaba en el tiempo, recordando mis primeras cacerías, cuando el cupo era de 25 perdices por día por persona, y lo único que importaba era eso. Hoy mi mente disfrutaba la hermosa mañana vivida, la compañía de un buen amigo, el roce de las plumas que estaba limpiando, la vista del terreno y ya planificaba la siguiente salida.
Luego de comer y tomar un cafecito, Pablo pregunta: Vamos?. Y graciosamente le respondo a casa si, a cazar no, mi día ya está completo. Lo analizo un segundo y estuvo de acuerdo, dejemos que se reproduzcan para el 2027.
Tarea cumplida. Cada día justifico más que todos mis amigos son cazadores. No es solo mi parecer. Lo hablamos siempre con la banda de amigos y todos hemos llegado a esa conclusión: el cazar media docena de perdices hoy en día para nosotros es la excusa para juntarnos y disfrutar de nuestras pavadas, de adolescente a pesar de estar todos en la sexta década.
El detalle final es para reírse varios días, y creo que yo sobreviví gracias a mi doble by pass. Antes de embalar todo para el regreso, guardé todas mis perdices en la conservadora, y volví a Buenos Aires. Llegué cansado y bajé todo de la camioneta dejando todos los bultos en la entrada de casa. A la mañana luego de despertarme me propuse guardar bien todo y para la sorpresa, cuando abro la conservadora me salió volando una perdiz, golpeó en el techo y cayó, donde la recuperé, pero imposible describir el susto que me dioó. Aparentemente la guarde herida y desmayada y se recuperó dentro de la conservadora, donde casi toma venganza. Una historia para recordar.
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